Ir al Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG 2026) siempre implica muchas cosas: correr de una sala a otra, sobrevivir a funciones seguidas, enamorarte de películas que no sabías que necesitabas… pero esta vez hubo algo más. Algo que no estaba en la pantalla, pero que se quedó dando vueltas en la cabeza mucho después de que se encendieron las luces.
Todo comenzó con una pregunta. Una de esas que incomodan, que rompen la inercia y que obligan a pensar:
¿sigue siendo necesario que existan secciones como Premio Maguey dentro de los festivales?
La activista cultural Juana Guadalupe de Jesús la lanzó sin rodeos durante una de las últimas masterclass. Y aunque por un segundo el aire se sintió más denso, la respuesta del panel fue contundente: sí, son necesarias. Y no solo eso… son urgentes.
Espacios que no solo representan, resisten
En un mundo ideal, quizá no haría falta segmentar historias por identidad, diversidad o lucha. Pero ese mundo todavía no existe. Y mientras afuera los discursos de la ultraderecha siguen intentando borrar, limitar o silenciar, espacios como Premio Maguey hacen exactamente lo contrario: amplifican.
No se trata solo de “incluir” películas LGBTQ+. Se trata de crear puntos de encuentro, de conversación, de comunidad. De vernos reflejados, pero también confrontados por realidades que no son las nuestras.
Porque algo quedó clarísimo durante esta semana: aunque el hilo conductor sea la diversidad, cada historia tiene su propio contexto, su propia herida, su propia forma de existir. Y ahí está la magia del cine… en hacernos entender que no hay una sola narrativa posible.
Drag, brillo y presencia: el escenario también es político
Y si hubo algo que marcó esta edición, fue la presencia del drag. No como adorno, no como espectáculo aislado… sino como protagonista.
Más de 10 artistas se apoderaron del escenario durante la celebración por los 15 años de Premio Maguey, demostrando que el drag no solo entretiene, también comunica, incomoda y transforma.
Los reconocimientos a figuras como Valentina y C-Pher no fueron solo homenajes: fueron declaraciones. Recordatorios de que el arte queer ha cruzado fronteras y que su impacto es tan cultural como político.
Existir también es un acto de resistencia
Al final de la semana, entre tantas historias vistas, algo se volvió evidente: el cine no termina cuando aparecen los créditos.
El verdadero cine está en las historias que cargamos, en las conversaciones que se quedan, en las preguntas que no tienen respuestas fáciles.
Aprendimos que el arte no solo está en las películas, sino en la forma en la que vivimos nuestras propias narrativas. En cómo resistimos. En cómo decidimos existir incluso cuando el contexto no siempre está a nuestro favor.
Y quizá por eso, más que nunca, estos espacios importan.
Porque no solo nos representan… nos sostienen.
Porque hoy, existir —con orgullo, con voz y con historia— sigue siendo un acto profundamente político.