La más reciente crítica que recibió Mista Boo en «Solo Las Más 2» hizo mucho más que dividir opiniones. Mientras una parte del público coincidía con el jurado al considerar que su propuesta no estaba a la altura de la competencia, otra defendía que el problema no era el vestuario, sino la manera en que seguimos entendiendo qué puede o no puede ser el drag.
Y quizá ahí está la conversación realmente interesante. Porque el drag nunca nació para ser bonito. Nació para romper paradigmas.
Cuando el drag deja de buscar la belleza
Durante décadas el transformismo ha convivido con propuestas que van desde la alta costura hasta el horror, la monstruosidad, el punk, el cabaret o el performance político. Pensar que todo drag debe aspirar a la silueta perfecta, al maquillaje impecable o al glamour de un concurso de belleza sería ignorar gran parte de la historia de este arte.
Las escenas alternativas (desde los Club Kids de Nueva York hasta producciones como The Boulet Brothers’ Dragula) han demostrado que un monstruo también puede ser una obra de arte.
Sin embargo, también existe otra realidad.
¿La competencia debe adaptarse al artista o el artista a la competencia?
«Solo Las Más 2» no ocurre en un club underground. Ocurre en una producción vista por cientos de miles de personas, financiada por marcas y diseñada para competir por la atención del algoritmo. Y cuando un artista decide entrar a ese escenario también acepta otro tipo de reglas: no las de cambiar quién es, sino las de demostrar que su propuesta puede sostenerse técnicamente frente a cualquier reto.
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Ahí es donde la conversación deja de ser blanco o negro. Defender el drag alternativo no significa que cualquier ejecución sea incuestionable. Del mismo modo, exigir excelencia técnica tampoco debería implicar que todas las dragas terminen pareciéndose entre sí.
Quizá el verdadero reto para realities como «La Más Draga» no sea decidir qué tipo de drag merece ganar. Sino aprender a juzgar propuestas completamente distintas con herramientas que entiendan sus propios lenguajes. Porque sería tan absurdo evaluar una criatura inspirada en el horror con los criterios de una reina pageant como calificar una pintura expresionista esperando encontrar la precisión de un retrato renacentista.
Al final, esta polémica dice mucho más sobre la comunidad que sobre lo que hace o deja de hacer Mista Boo.
¿Cómo reconciliamos entonces estas dos posturas?
El camino no es la cancelación mutua, sino la madurez en el debate. Como creadores y consumidores, debemos entender que el drag es una disciplina infinitamente libre en los clubes, los teatros y las calles. No obstante, dentro de un formato de competencia televisada, esa libertad debe ser demostrada mediante la capacidad de adaptación y la impecabilidad profesional.
El valor de esta controversia radica en que nos obliga a madurar como audiencia. Defender la visión de Mista Boo es un acto de justicia hacia la diversidad del arte queer; exigirle un mayor nivel de propuesta en una plataforma de escala industrial es un acto de respeto hacia su propio potencial como artista. Al final del día, el drag es un espejo social, y lo que este reflejo nos dice es que la cultura drag en la región ha crecido tanto que sus debates ya no son superficiales, sino profundamente teóricos y estructurales.
Hace algunos años las discusiones alrededor del drag se limitaban a quién ganó un lipsync o quién llevaba el mejor vestido. Hoy hablamos de teoría del arte, de identidad, de formatos televisivos y de qué sucede cuando una expresión contracultural entra a competir dentro de una industria del entretenimiento.