De unas primeras temporadas donde el presupuesto era tan limitado que el famoso desenfoque de cámara terminó convirtiéndose en parte del folclore de la franquicia, a ser considerado por The New York Times como uno de los 100 mejores programas de televisión del siglo XXI. RuPaul’s Drag Race acaba de sumar un reconocimiento que dimensiona hasta dónde llegó aquel pequeño reality estrenado en 2009.
El diario estadounidense publicó el 20 de septiembre de 2026 su selección de los mejores programas televisivos estrenados desde el año 2000. Para construirla consultó a más de 500 actores, guionistas, productores y otros profesionales de la televisión, quienes enviaron sus programas favoritos.
Y sí, Dragversidad: entre dramas de prestigio, comedias, documentales y algunos de los fenómenos televisivos más importantes de las últimas décadas, también hubo espacio para pelucas, lipsyncs y un contundente “sashay away”.
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The New York Times reconoce la transformación de RuPaul’s Drag Race
La descripción publicada por The New York Times pone especial atención en la improbable evolución del programa. Cuando RuPaul’s Drag Race debutó en 2009, su presupuesto era tan reducido que sus primeras imágenes dieron origen al famoso “filtro de vaselina”, apodo utilizado por fans para referirse al intenso efecto de soft focus que caracterizaba aquellos episodios.
Diecisiete años después, la dimensión es completamente diferente. El periódico destaca cómo aquello que alguna vez fue un programa de nicho terminó convertido en un fenómeno de cultura pop, acompañado por numerosas temporadas de All Stars y adaptaciones internacionales.
La lista también reconoce algo que quienes hemos pasado demasiado tiempo diciendo shade, tea y clock probablemente ya normalizamos: el vocabulario popular también cambió alrededor del programa. El medio señala precisamente la incorporación de términos provenientes de las culturas drag y queer al lenguaje cotidiano como una de las señales de su impacto.

Drag Race llevó un lenguaje queer de los márgenes al mainstream
Drag Race no inventó buena parte del lenguaje, las dinámicas o las referencias que posteriormente popularizó. Muchas provienen de comunidades queer, drag y ballroom que existían mucho antes de que RuPaul preguntara quién quería convertirse en America’s Next Drag Superstar.
La diferencia fue la escala. Un programa que comenzó dirigido a una audiencia LGBTQ+ relativamente pequeña terminó funcionando como una gigantesca ventana hacia códigos culturales que anteriormente circulaban principalmente dentro de espacios queer.
Y el propio proceso de votación de The New York Times ofrece una pequeña muestra de cuánto se expandió esa audiencia. Entre las boletas publicadas por el periódico, Connie Britton incluyó RuPaul’s Drag Race entre sus selecciones. También aparece en las elecciones de Graham Norton, juez habitual de Drag Race UK, y de otros profesionales consultados por el diario.
De un reality de nicho a una franquicia mundial
La historia detrás del reconocimiento resulta particularmente llamativa porque Drag Race nunca se quedó simplemente como un programa estadounidense sobre drag queens. El formato comenzó a multiplicarse.
Reino Unido, España, México, Brasil, Francia, Canadá, Filipinas y distintos territorios desarrollaron sus propias versiones, mientras formatos internacionales comenzaron a cruzar fronteras y reunir artistas provenientes de diferentes escenas drag. Esa expansión también transformó lo que significaba aparecer en televisión siendo una persona queer y artista drag.
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Una plataforma que inicialmente mostraba principalmente una escena estadounidense terminó convirtiéndose en un escaparate donde distintas generaciones y culturas comenzaron a negociar frente a millones de personas qué significa hacer drag en sus propios países. No todas esas historias son iguales. Tampoco toda la historia del drag cabe dentro de Drag Race. Y precisamente ahí está una distinción importante.
Drag Race no inventó el drag, pero cambió su lugar en televisión
Reconocer la influencia de RuPaul’s Drag Race tampoco significa contar la historia como si el arte drag hubiera comenzado en 2009. Muchísimo antes existían artistas, bares, concursos, sistemas de casas, pageants y comunidades construyendo lenguajes propios sin necesitar una cámara de televisión frente a ellas.
Pero sería difícil hablar de la televisión queer del siglo XXI sin reconocer lo que ocurrió después del estreno del programa. Lo que alguna vez fue considerado entretenimiento para un público de nicho terminó generando estrellas internacionales, franquicias alrededor del mundo y una maquinaria cultural capaz de hacer que millones de personas discutieran cada semana sobre maquillaje, actuación, moda, identidad, género y performance.
Por eso quizá lo más interesante de aparecer entre los 100 mejores programas televisivos del siglo XXI no sea únicamente sumar otro reconocimiento al imperio de RuPaul. Es recordar el extraño viaje que hizo posible llegar hasta ahí.
En 2009 había filtros borrosos, presupuesto limitado y un grupo de drag queens entrando a un reality que nadie sabía cuánto duraría. En 2026, The New York Times lo coloca dentro de una conversación sobre la televisión que ha definido este siglo.