Hay películas que no solo cuentan una historia, sino que te obligan a mirar hacia atrás y preguntarte a qué sabían tus primeras veces. Y justamente eso fue lo que me dejó El Fin de las primeras veces: un viaje caótico, intenso y profundamente humano sobre todo aquello que vivimos cuando comenzamos a descubrir quiénes somos realmente. La película, que llegará a salas de cine este próximo 28 de mayo, logra convertir la juventud en una experiencia sensorial donde el amor, el miedo, el deseo y la decepción tienen sabor propio.

La historia sigue a Eduardo, un joven que llega desde fuera a Guadalajara para presentar su examen de admisión y que, durante aproximadamente 24 o 48 horas, termina viviendo una experiencia que transforma por completo su manera de entender el amor, la amistad y el deseo. Lo que comienza como una visita aparentemente sencilla termina convirtiéndose en una noche donde la juventud explota en todas sus formas: la rebeldía, la necesidad de pertenecer, los excesos, el amor fugaz y también las heridas emocionales que dejan ciertas experiencias. Todo ocurre rápido, casi de golpe, como suele sentirse esa etapa de la vida donde cada emoción parece definitiva aunque muchas veces solo dure unas horas.

El sabor de las primeras veces en la juventud

Uno de los mayores aciertos de El Fin de las primeras veces es la manera en la que transforma las emociones en sensaciones. Porque las primeras veces siempre tienen sabor. El primer amor puede saber a menta, como ese instante donde Eduardo conoce a Mario mientras se cepilla los dientes y, sin darse cuenta, comienza a construir una conexión que marcará toda su noche.

El deseo sabe dulce, como ese pastel de cumpleaños embarrado entre risas, caos y tensión frente a toda una familia, para después convertirse en un momento íntimo donde ambos personajes descubren que entre ellos existe algo. Pero la juventud no solo sabe dulce. También sabe a cerveza caliente, a decisiones impulsivas y a noches donde el cuerpo corre más rápido que la mente.

La rebeldía aparece en cada exceso, en cada mentira para quedarse fuera un rato más, en cada paso dado intentando encajar. Incluso el miedo a lo desconocido termina teniendo forma, como ese tatuaje que comienza desde la presión del momento y termina incompleto, imperfecto, casi accidental; una marca que refleja perfectamente lo confuso que puede ser crecer mientras intentas descubrir tu identidad.

La comunidad LGBT+, la soledad y lo efímero de una noche

La película también retrata con honestidad esos espacios nocturnos donde muchas personas LGBT+ buscan algo más que fiesta. Entre luces, humo, música y poppers, el antro se convierte en un refugio emocional donde los personajes buscan amor, validación, compañía o simplemente alguien que les haga sentir menos solos durante unas horas.

Y en medio de todo ese desenfreno también aparece la decepción. Porque el corazón roto tiene sabor amargo. Sabe a silencios incómodos, a promesas momentáneas y a entender que no todas las personas llegan para quedarse. Es justamente ahí donde la película encuentra una de sus reflexiones más poderosas: entender que muchas conexiones, por intensas que sean, también son efímeras.

El amor efímero. La amistad efímera. Las versiones de nosotros mismos que solo existen en ciertos momentos de la vida. Y quizá por eso resulta tan fácil conectar con la historia, porque aunque muchas situaciones están llevadas al extremo desde la ficción, emocionalmente se sienten reales. Todos, en algún momento de nuestra juventud, vivimos algo que parecía cambiarlo todo… aunque solo durara unas horas.

Un elenco sólido y una banda sonora que envuelve la historia

Otro de los grandes aciertos de El Fin de las primeras veces está en su elenco. Cada integrante del cast logra construir personajes que se sienten reales, vulnerables y profundamente humanos, permitiendo que la historia conecte desde distintos ángulos emocionales.

Todo esto se complementa con una banda sonora que envuelve perfectamente la narrativa; escuchar “La Noche” de Margaret Y Ya dentro de este universo termina de darle ese toque “druag” que aparece en el filme.

El Fin de las primeras veces no busca romantizar la juventud ni convertirla en un recuerdo perfecto. Al contrario: entiende que crecer también implica perderse, equivocarse y aceptar que algunas personas, algunos amores y algunas versiones de nosotros mismos solo existen por un instante. Y quizá ahí radica la belleza de esta película: en recordarnos que muchas veces las noches más importantes de nuestra vida duran apenas unas horas, pero terminan acompañándonos para siempre.

El Fin de las primeras veces llegará a salas de cine el próximo 28 de mayo y definitivamente es una película que no se pueden perder.

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